viernes, 7 de junio de 2019

Canciones que despiertan


PAREN DE MATARNOS (Miss Bolivia)
Salí para el trabajo y no fui
salí para la escuela y no llegué
salí del baile y me perdí
de pronto me desdibujé
Mis amigos me buscan por ahí
los vecinos pegaron un cartel
en los postes de luz de la cuadra
en la calle, en el subte, en el tren
Me busca mi hermano, me busca mi madre
perdieron contacto ayer a la tarde
vino la tele, habló mi padre
la red explota, y el twitter arde
Si tocan a una nos tocan a todas
el femicidio se puso de moda
el juez de turno, se fue a una boda
la policía participa en la joda
Y así va la historia de la humanidad
que es la historia de la enfermedad
ay carajo qué mal que estamos, los humanos
loco, paren de matar
Y ahora dicen que desaparecí
porque andaba sola por ahí
porque usaba la falda muy corta
se la pasan culpándome a mí
Me dijeron que diga que sí
Me mataron desde que nací
Me enseñaron a ser una esclava lava y lava y a parir
De sol a sol de la noche a la mañana
me matan y mueren todas mis hermanas
nos duele el cuerpo y las entrañas
no quiero que me toques chabón no tengo ganas
Me matan y se infecta la raza humana
le temen al poder que de nuestros ovarios emanan
soy esta herida que se pudre y no sana
Me matan y conmigo se muere mi mama
Y así va la historia de la humanidad
que es la historia de la enfermedad
ay carajo que mal que estamos, los humanos, loco
Paren de matar
Ni una menos
Vivas nos queremos

Reflexiones sobre violencia de Género a partir de la consigna "Ni una menos"


Reflexión “Ni una menos”, por Juan Solá.
Cuando voy por la calle y camino detrás de vos me pongo nervioso porque sé que no te gusta darte cuenta que llevás un tipo en la espalda. Me alejo, trato de pasarte rápido, lo más rápido posible, para que sepas que no hay razón para asustarse, que soy inofensivo, que vengo con los ojos hundidos en alguna imagen que nada tiene que ver con la tuya.
Cuando el subte se llena y te apretás a mi lado me da miedo rozarte la falda con mis dedos, torpes y distraidos. Entonces, pongo las manos en los bolsillos y viajo así, como diminuto, o tal vez como disminuido del susto, retorciendo el cuerpo para acomodarme en el frasco como se retuerce la arena adentro de uno de esos souvenirs de ciudad balnearia.
Cuando te veo venir de frente, llevo la mirada a la vereda y espero así hasta que cruces. Te percibo por el rabillo del ojo, como escapando, consciente de que a lo mejor suspirarás con alivio porque no me escuchaste comentar cuán corta es tu falda o cuán grandes son mi ganas de que tu feminidad bastardeada me haga macho.
Cuando la ciudad es muy grande y se me ha perdido una calle y te veo ahí, de pie, esperando el colectivo, me acerco pisando fuerte las baldosas flojas para que notes mi presencia. Te pregunto de lejos, levantando la voz, si sabés cuál es Curapaligüe. Nunca me aproximo demasiado por miedo a tu miedo. Y vos me respondés que no, que ni idea, y no disimulás esas ganas desconfiadas de ver cómo me alejo por Rivadavia hasta perderme de vista.
Cuando subís al colectivo a las dos de la mañana y somos sólo hombres los que viajamos yo te veo poner los ojos en el piso porque no querés cruzarlos con la mirada lasciva de nadie, después de haber laburado tantas horas, con este frío que se roba un poquito la esperanza.
Las calles que para mí son venas de cemento para vos son el campo de una batalla eterna por llegar a casa a salvo. Los auriculares que separan mis pensamientos del mundo, para vos son escudo entre tu cuerpo y sus silbidos (...) Pero yo no soy cómplice, te lo prometo.
A veces escucho que alguno te grita algo y lo miro con impaciencia. Casi siempre son más grandotes que yo y de seguro me cagarían a trompadas, pero si se te vinieran encima igual te defendería. Yo y muchos otros, en serio.
Porque no estás sola. Porque nosotros entendemos que tu libertad ficticia es nuestra libertad incompleta y que si no somos iguales no es porque no querramos, sino porque no nos dejan.
Vení, caminá conmigo, vamos a tomar las calles juntos para que el mensaje reverbere en los rincones de esta ciudad adormecida por el hedor del prejuicio, silenciada por la comodidad de la sumisión a la que te han condenado, conforme con la ficción de cine de terror, donde las rubias siempre son ingenuas y las negras siempre mueren primero.
Vení, caminá conmigo, uno al lado del otro, para que cuando me toque ir detrás de vos no me pienses amenaza, sino compañero.

Lectura y debate. Literatura y sociedad: Violencia de Género


Preciosidad (de Clarice Lispector)
Por la mañana, temprano, siempre era la misma cosa renovada: despertar. Lo que era lento, extendido, vasto. Ampliamente abría los ojos. Tenía quince años y se sentía sola. Le hicieron creer que no era bonita. Pero por dentro de su delgadez existía la amplitud casi majestuosa en que se movía como dentro de una meditación. Y dentro de la nebulosidad, algo precioso. Que no se desperezaba, que no se comprometía, no se contaminaba. Que era inmenso como una joya. Ella. Despertaba antes que todos, ya que para ir a la escuela tendría que tomar un autobús y un tranvía, lo que le llevaría una hora. De devaneo agudo como un crimen. El viento de la mañana violentando la ventana y el rostro hasta que los labios se ponían duros, helados. Entonces ella sonreía. Como si sonreír fuese en sí un objetivo. Todo eso sucedería si tuviese la suerte de que «nadie mirara, la mirara». Cuando se levantaba de madrugada —ya superado el momento dilatado en que se desenredaba toda — se vestía corriendo, se mentía a sí misma que no tenía tiempo de bañarse y la familia adormecida jamás adivinó qué pocos baños tomaba. Bajo la luz encendida del comedor bebía el café que la doncella, rascándose en la oscuridad de la cocina, había recalentado. Apenas si tocó el pan que la mantequilla no conseguía ablandar. Con la boca fresca por el desayuno, los libros debajo del brazo, por fin abría la puerta, trasponía la tibieza insulsa de la casa escurriéndose hacia la helada fruición de la mañana. Después ya no se apresuraba más. Tenía que atravesar la ancha calle desierta hasta alcanzar la avenida, al final de la cual un autobús emergería vacilando dentro de la niebla, con las luces de la noche todavía encendidas en el farol. Al viento de junio, el acto misterioso, autoritario y perfecto de erguir el brazo —y ya de lejos el autobús trémulo comenzaba a deformarse obedeciendo a la arrogancia de su cuerpo, representante de un poder supremo, de lejos el autobús comenzaba a tornarse incierto y lento, lento y avanzando, cada vez más concreto— hasta detener su rostro en humo y calor, en calor y humo. Entonces subía, sería como una misionera a causa de los obreros del autobús que «podrían decirle alguna cosa». Aquellos hombres que ya no eran jóvenes. Aunque también de los jóvenes tenía miedo, miedo también de los chicos. Miedo de que «le dijesen alguna cosa», de que la mirasen mucho. En la gravedad de la boca cerrada había una gran súplica: que la respetaran. Más que eso. Como si hubiese prestado voto, estaba obligada a ser venerada y, mientras por dentro el corazón golpeaba con miedo, también ella se veneraba, ella era la depositaría de un ritmo. Si la miraban se quedaba rígida y dolorosa. Lo que la salvaba era que los hombres no la veían. Aunque alguna cosa en ella, a medida que dieciséis años se aproximaban en humo y calor, alguna cosa estuviera intensamente sorprendida, y eso sorprendiera a algunos hombres. Como si alguien les hubiese tocado el hombro. Una sombra tal vez. En el suelo la enorme sombra de una muchacha sin hombre, elemento cristalizable e incierto que formaba parte de la monótona geometría de las grandes ceremonias públicas. Como si les hubieran tocado el hombro. Ellos miraban y no la veían. Ella hacía más sombra que lo que existía. En el autobús los obreros se comportaban silenciosamente con la tartera en la mano, el sueño todavía en el rostro. Ella sentía vergüenza de no confiar en ellos, que estaban cansados. Pero hasta que conseguía olvidarlos existía la incomodidad. Es que ellos «sabían». Y como también ella sabía, de ahí la incomodidad. Todos sabían lo mismo. También su padre sabía. Un viejo pidiendo limosna sabía. La riqueza distribuida, y el silencio. Después, con paso de soldado, cruzaba —incólume— el Largo de Lapa, donde ya era de día. En ese momento, la batalla estaba casi ganada. Escogía en el tranvía un asiento, vacío si era posible, o, si tenía suerte, se sentaba al lado de alguna segura mujer con un atado de ropa sobre su regazo, por ejemplo, y erala primera tregua. Todavía tendría que enfrentar en la escuela el ancho corredor donde los compañeros estarían de pie conversando, y donde los tacones de sus zapatos hacían un ruido que las piernas tensas no podían contener, como si ella quisiera inútilmente hacer que se detuviera un corazón, eran zapatos con baile propio. Se hacía un vago silencio entre los muchachos que quizá sintieran, bajo su disfraz, que ella era una de las devotas. Pasaba entre las filas de los compañeros creciendo, y ellos no sabían qué pensar ni cómo comentarla. Era feo el ruido de sus zapatos. Con tacones de madera rompía su propio secreto. Si el corredor se hubiese extendido un poco más, ella olvidaría su destino y correría tapándose los oídos con las manos. Solamente usaba zapatos duraderos. Como si todavía fueran los mismos que le habían calzado con solemnidad el día que naciera. Cruzaba el corredor interminable como el silencio de una trinchera, y había algo tan feroz en su rostro —y también soberbio a causa de su sombra— que nadie le decía nada. Prohibitiva, ella les impedía pensar. Hasta que llegaba finalmente al aula. Donde repentinamente todo se tornaba sin importancia y más rápido y leve, donde su rostro tenía algunas pecas, los cabellos caían sobre los ojos, y donde ella era tratada como un muchacho. Donde era inteligente. La astuta profesión. Parecía haber estudiado en casa. Su curiosidad le informaba algo más que de respuestas. Adivinaba, sintiendo en la boca el gusto cítrico de los dolores heroicos, adivinaba la repulsión fascinante que su cabeza pensante creaba en los compañeros, que, de nuevo, no sabían cómo comentarla. Cada vez más la gran simuladora se tornaba inteligente. Había aprendido a pensar. El sacrificio necesario: así «nadie tendría coraje». A veces, mientras el profesor hablaba, ella, intensa, nebulosa, dibujaba trazos simétricos en el cuaderno. Si un trazo, que tenía que ser fuerte y delicado al mismo tiempo, salía fuera del círculo imaginario en que debería caber, todo se desmoronaría: ella se encontraba ausente, guiada por la avidez de lo ideal. A veces, en lugar de trazos, dibujaba estrellas, estrellas, tantas y tan altas que de ese trabajo anunciador salía exhausta, levantando una cabeza apenas despierta.
El regreso a casa estaba tan lleno de hambre que la impaciencia y el odio roían su corazón. A la vuelta parecía otra ciudad: en el Largo de Lapa cientos de personas reverberadas por el hambre parecían haber olvidado, y si se les recordara, mostrarían los dientes. El sol delineaba a cada hombre con carbón negro. A esa hora en que el cuidado tenía que ser mayor, ella estaba protegida por esa especie de fealdad que el hambre acentuaba, sus rasgos oscurecidos por la adrenalina que oscurecía la carne de los animales de caza. (…)

Caminaba solita en la ciudad bombardeada. No, ella no estaba sola. Con los ojos fruncidos por la incredulidad, en la lejanía de su calle, desde dentro del vapor, vio a dos hombres. Dos muchachos viniendo. Miró en torno como si pudiese haberse equivocado de calle o de ciudad. Sólo había equivocado los minutos: había salido de casa antes de que la estrella y los dos hombres hubiesen tenido tiempo de desaparecer. Su corazón se asustó. El primer impulso, frente al error, fue rehacer para atrás los pasos dados y entrar en su casa hasta que ellos pasaran: «¡Ellos van a mirarme, lo sé, no hay nadie más a quien ellos puedan mirar y ellos me van a mirar mucho!». Pero cómo volver y huir si había nacido la dificultad. Si toda su lenta preparación tenía el destino ignorado al que ella, por culto, tenía que adherirse. ¿Cómo retroceder, y después nunca más olvidar la vergüenza de haber esperado miserablemente detrás de una puerta? Y quizás hasta no habría peligro. Ellos no tendrían el valor de decirle nada porque ella pasaría con el andar duro, la boca cerrada, en su ritmo español. Con las piernas heroicas, continuó la marcha. Cada vez que se aproximaba, ellos también se aproximaban —entonces todos se aproximaban, la calle quedó cada vez un poco más corta—. Los zapatos de los dos muchachos mezclaban su ruido con el de sus propios zapatos, era horrible escuchar. Era insistente escuchar. Los zapatos eran huecos o la acera era hueca. La piedra del suelo avisaba. Todo era un eco y ella escuchaba, sin poder impedirlo, el silencio del cerco comunicándose por las calles del barrio, y veía, sin poder impedirlo, que las puertas habían permanecido muy cerradas. Hasta la estrellase retiraba ahora. En la nueva palidez de la oscuridad, la calle quedaba entregada a los tres. Ella caminaba, escuchaba a los hombres, ya que no podía verlos y ya que necesitaba saberlos. Ella los oía y se sorprendía con el propio coraje de continuar. Pero no era coraje. Era un don. Y la gran vocación para un destino. Ella avanzaba, sufriendo al obedecer. Si consiguiera pensar en otra cosa no oiría los zapatos. Ni lo que ellos pudieran decir. Ni el silencio con que cruzarían. Con brusca rigidez los miró. Cuando menos lo esperaba, traicionando el voto de secreto, rápidamente los miró. ¿Ellos sonreían? No, estaban serios. No debería haberlos visto. Porque, viéndolos, por un instante ella arriesgaba tornarse individual, y ellos también. Era de lo que parecía haber sido avisada: mientras ejecutase un mundo clásico, mientras fuera impersonal, sería hija de los dioses, y asistida por lo que tiene que ser hecho. Pero, habiendo visto lo que los ojos, al ver, disminuyen, se había arriesgado a ser ella misma, lo que la tradición no amparaba. Por un instante vaciló, perdido el rumbo. Pero era demasiado tarde para retroceder. Sólo no sería muy tarde si corriera. Pero correr sería como errar todos los pasos, y perder el ritmo que todavía la sostenía, el ritmo que era su único talismán, el que le fuera entregado a la parte del mundo donde se habían apagado todos los recuerdos, y como incomprensible reminiscencia había quedado el ciego talismán, ritmo que era de su destino copiar, ejecutándolo, para la consumación del mundo. No la suya. Si ella corriera, el orden se alteraría. Y nunca le sería perdonado lo peor: la prisa. Aun cuando se huye, corren detrás de uno, son cosas que se saben. Rígida, catequista, sin alterar por un segundo la lentitud con que avanzaba, ella avanzaba. ¡Ellos van a mirarme, lo sé! Pero intentaba, por instinto de una vida interior, no transmitirles susto. Adivinaba lo que el miedo desencadena. Iba a ser rápido, sin dolor. Sólo por una fracción de segundo se cruzarían, rápido, instantáneo, por causa de la ventaja a su favor al estar ella en movimiento y venir ellos en movimiento contrario, lo que haría que el instante se redujera a lo esencialmente necesario —a la caída del primero de los siete misterios que eran tan secretos que de ellos apenas quedara una sabiduría: el número siete—. Haced que ellos no digan nada, haced que ellos sólo piensen, que pensar yo los dejo. Iba a ser rápido, y un segundo después de la transposición ella diría maravillada, caminando por otras y otras calles: casi no dolió. Pero lo que siguió no tuvo explicación. Lo que siguió fueron cuatro manos difíciles, fueron cuatro manos que no sabían lo que querían, cuatro manos equivocadas de quien no tenía la vocación, cuatro manos que la tocaron tan inesperadamente que ella hizo la cosa más acertada que podría haber hecho en el mundo de los movimientos: quedó paralizada. Ellos, cuyo papel predeterminado era solamente el de pasar junto a la oscuridad de su miedo, y entonces el primero de los siete misterios caería; ellos, que tan sólo representarían el horizonte de un solo paso aproximado, ellos no comprendieron la función que tenían y, con la individualidad de los que tenían miedo, habían atacado. Fue menos de una fracción de segundo en la calle tranquila. En una fracción de segundo la tocaron como si a ellos les correspondieran todos los siete misterios. Que ella conservó, todos, y se tornó más larva, y siete años más de atraso. Ella no volvió los ojos porque su cara quedó vuelta serenamente hacia la nada. Pero por la prisa con que la ofendieron supo que ellos tenían más miedo que ella. Tan asustados estaban que ya no se hallaban más allí. Corrían. «Tenían miedo de que ella gritara y las puertas de las casas se abrieran una por una», razonó, ellos no sabían que no se grita. Se quedó de pie, escuchando con tranquila dulzura los zapatos de ellos en fuga. La acera era hueca o los zapatos eran huecos o ella misma era hueca. En el hueco de los zapatos de ellos oía atenta el miedo de los dos. El sonido golpeaba nítido sobre las baldosas como si golpearan a la puerta sin parar y ella esperase que desistieran. Tan nítida en la desnudez de la piedra que el zapateado no parecía distanciarse: estaba allí a sus pies, como un zapateado victorioso. De pie, ella no tenía por dónde sostenerse sino por los oídos. La sonoridad no la desalentaba, el alejamiento le era transmitido por una celeridad cada vez más precisa de los tacones. Los tacones no sonaban más sobre la piedra, sonaban en el aire como castañuelas cada vez más delicadas.
Después advirtió que hacía mucho que no escuchaba ningún sonido. Y, traído de nuevo por la brisa, el silencio era una calle vacía. Hasta ese momento se había mantenido quieta, de pie en medio de la acera. Entonces, como si hubiese varias etapas de la misma inmovilidad, quedó detenida. Poco después suspiró. Y en nueva etapa se quedó parada. Después movió la cabeza, y entonces quedó más profundamente parada. Después retrocedió lentamente hasta un muro, jorobada, bien lentamente, como si tuviese un brazo fracturado, hasta que se recostó toda en el muro, donde quedó apoyada. Y entonces se mantuvo parada. No moverse es lo que importa, pensó de lejos, no moverse. Después de un tiempo probablemente se habría dicho así: ahora mueve un poco las piernas. Después de lo cual, suspiró y se quedó quieta, mirando. Aún estaba oscuro.
Después amaneció. Lentamente reunió los libros desparramados por el suelo. Más adelante estaba el cuaderno abierto. Cuando se inclinó para recogerlo, vio la letra menuda y destacada que hasta esa mañana era suya. Entonces salió. Sin saber con qué había llenado el tiempo, sino con pasos y pasos, llegó a la escuela con más de dos horas de retraso. Como no había pensado en nada, no sabía que el tiempo había transcurrido. Por la presencia del profesor de latín comprobó con una delicada sorpresa que en la clase ya habían comenzado la tercera hora. —¿Qué te ha pasado? —murmuró la chica del pupitre vecino. —¿Por qué? —Estás pálida. ¿Te pasa algo? —No —y lo dijo tan claramente que muchos compañeros la miraron. Se levantó y dijo en voz bien alta: —Con permiso. Fue hasta el baño. Y allí, ante el gran silencio de los azulejos gritó, aguda, supersónica: ¡Estoy sola en el mundo! ¡Nadie me va a ayudar nunca, nadie me va a amar nunca! ¡Estoy sola en el mundo! (…)
Estaba pálida, los trazos afinados. Las manos humedecían los cabellos, sucias de tinta todavía del día anterior. «Debo cuidar más de mí», pensó. No sabía cómo. Y en verdad, cada vez sabía menos cómo.
Volvió a la banca y se quedó quieta, con su hocico. «Una persona no es nada.» «No», retrucó en débil protesta, «no digas eso», pensó con bondad y melancolía. «Una persona siempre es algo», dijo por gentileza. Pero durante la cena la vida tomó un sentido inmediato e histórico. —¡Necesito zapatos nuevos! ¡Los míos hacen mucho ruido, una mujer no puede caminar con tacones de madera, llama mucho la atención! ¡Nadie me da nada! ¡Nadie me da nada! —y estaba tan frenética y agónica que nadie tuvo valor para decirle que no los tendría. Solamente dijeron: —Tú aún no eres una mujer y los tacones son siempre de madera. Hasta que así, ella dejó de ser mujer, sin saber por qué proceso. (...)

jueves, 10 de mayo de 2018

Literatura como crítica social

La última huelga de los basureros - de Bernardo Kordon

(Todos los cuentos, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1975.)


El hecho se produjo en la mañana del 22 de diciembre. El camión Dodge unidad Nº 207 de la Dirección General de Limpieza se encontraba en plena labor por la calle Arenales. Su equipo de cuatro peones se distribuía a razón de dos hombres por acera. El vehículo estaba detenido en el centro de la calzada y este detalle provocó la protesta de Isidoro Camuso, industrial de 45 años, que conducía su Valiant chapa 597.905 de la ciudad de Buenos Aires. 

Isidoro Camuso hizo sonar repetidas veces la bocina para exigir que el camión le cediera el paso. Su conductor asomó la cabeza por la cabina y echó una mirada distraída al irritado automovilista, sin mover una sola pulgada su pesado vehículo. Justamente en ese instante los recolectores transportaban los enormes tachos pertenecientes a los edificios señalados por los números 1856, 1858, 1845 y 1849 de la calle Arenales, que no cuentan con sistemas de incineración de residuos. Si hemos señalado que el conductor detuvo el camión en medio de la calzada, obstruyendo el paso al tráfico y se mostró impasible a los requerimientos del automovilista demorado, debemos por otra parte considerar algunas normas de principios laborales. En medio de la calzada el camión se mantiene a igual distancia de los peones que trabajan en cada acera, detalle de importancia cuando se considera que los tachos de basura son tan pesados como molestos de cargar. Por supuesto, nunca un conductor de camión recolector de basura explica ésta u otras razones a los automovilistas impacientes, limitándose a echarles indiferentes miradas desde una cabina que los eleva unos cuatro metros del suelo. Y no por habitual esta conducta dejó de irritar a Isidoro Camuso. A los toques de bocina agregó varios improperios y puso en marcha su automóvil, resuelto a todo. 

Al finalizar el año aumentan la temperatura ambiente y la tensión nerviosa en Buenos Aires. Esto se produce en todos los niveles y en cada individuo. Los peones de limpieza aún no habían recibido el aguinaldo y corría el rumor sindical de que la administración ni siquiera contemplaba la posibilidad de pagárselo ese año. En cuanto al industrial Camuso, proyectaba entrevistarse ese mismo día con varias entidades bancarias para solicitar los créditos que le permitieran pagar los aguinaldos de los obreros que amenazaban ocupar su fábrica. Dominado por tales preocupaciones, probó una maniobra desesperada. Giró al máximo el volante, subió el cordón de la vereda con las dos ruedas laterales y de este modo logró pasar al lado del camión detenido. Pero antes de proseguir la marcha, el industrial Camuso no resistió a la tentación de cantarle algunas verdades al camionero. Asomó la cabeza por la ventanilla y gritó: –¡Basuras! ¡Tendrían que ir adentro del camión! El hombre de la cabina no tenía tiempo de reaccionar ni podía perseguirlo con su pesado camión. Todo estaba bien calculado por el irritado automovilista. Lástima que en ese instante apareció un peón que cargaba un tacho de basura sobre la cabeza. Con un leve y preciso movimiento de brazos, igual al de un basquetbolista, introdujo el repleto recipiente en el Valiant a través del ventanal trasero. 

Isidoro Camuso sintió el estrépito del vidrio y de inmediato pensó: lo paga el seguro. Pero al girar la cabeza comprobó algo que escapaba a toda posibilidad de indemnización. El honor no tiene precio y el industrial se vio vejado en el símbolo de su prestigio social. Un tacho de basura desparramado en el flamante tapizado. El hedor de humillación y muerte llenó su coche y le desgarró el corazón. Detuvo el motor y saltó del coche para encarar al culpable. Éste era un hombre joven e impresionantemente musculoso El industrial no se dejó intimidar por este detalle. Lo haría arrestar. Iba a enseñarle a ese animal. Aunque le costara la mañana entera o todo el día. Pero el tipo que le arrojó el tacho de basura se mostró increíblemente astuto. 
Agrandó los ojos con gestos de inocencia y abrió los brazos para deplorar: 
–Perdone, don. Se resbaló el tacho. ¡Qué macana! –Llamó a sus compañeros: 
–¡Vengan muchachos, que aquí pasó un accidente! –Camuso se vio rodeado de cuatro gigantes con ojos resueltos y bocas sarcásticas. Sintió tanto pavor como odio. Volvió a meterse en su coche, pero las carcajadas de esos hombres fueron tan insoportables como si le inyectaran un ácido en el cerebro. Retiró el revólver de la guantera y nuevamente salió del coche para encarar a los peones. Disparó al que le había tirado el tacho. Lo vio caer como si resbalara en el suelo y después nada más. Isidoro Camuso fue derribado y pisoteado. Le machacaron la cabeza con un tacho de basura. Después subieron al joven herido en la cabina y arrojaron el cuerpo de Camuso en la caja trasera. El conductor hizo funcionar la paleta prensadora y el camión basurero engulló al industrial Camuso. 

La policía fue alertada. Un radio patrulla desembocó a toda velocidad por la avenida Belgrano y persiguió al camión basurero que huía hacia el sur por la calle Combate de los Pozos. A la altura de la avenida Independencia los policías lograron adelantarse al camión. En el cruce de la avenida San Juan el auto patrullero se atravesó para cortarle el paso, pero el camión ni siquiera aminoró su velocidad. Los testigos declararon que, en vez de frenar, el Dodge aceleró para embestir con mayor fuerza al coche policial. De sus planchas retorcidas se retiraron tres cadáveres y un herido grave. El camión siguió corriendo rumbo al sur, y otros patrulleros fueron lanzados en su persecución. Dos coches policiales lograron alcanzar el camión en fuga y abrieron fuego con pistolas y metralletas. Se produjeron cuatro muertos (entre los transeúntes), pero protegido por su estructura de acero el camión prosiguió su carrera. Se extendió entonces el rumor que por razones políticas y sindicales había orden de detener o balear a todos los basureros. Inmediatamente la noticia fue divulgada por una radio uruguaya y todos los camiones recolectores de basura que se encontraban en las calles de Buenos Aires se dirigieron apresuradamente hacia los basurales del sur. Veinte, cincuenta, trescientos camiones basureros llegaron de toda la ciudad. Llenando el ancho de la avenida Alcorta se hicieron fuertes en el estadio del Club Huracán, en los basurales vecinos y alrededor del gasómetro que eleva su mole sombría en el barrio Patricios. Ya los patrulleros no se animaron a acercarse a los camioneros, que se mantenían en formación de combate, con los motores en marcha y dispuestos a embestir con sus poderosos blindajes, mientras una reunión de delegados obreros de la Dirección General de Limpieza declaraba que el gremio fue injustamente baleado, primero por un oligarca y después por la policía, resolviendo en consecuencia la huelga por tiempo indeterminado. Reunidas a su vez las autoridades municipales, se escuchó al Intendente. Guiñando el ojo en dirección a los representantes de la prensa aseguró que lo más inteligente es dejar pasar estos días de fiesta y mientras tanto “que se pudra la huelga”. 

Transcurrieron los días de año nuevo, que como es sabido en Buenos Aires se festejan comiendo a rajacincha. En todas las esquinas se levantaron montículos con las sobras de las fiestas. Se ordenó encenderles fuego, pero resultaron fogatas fallidas, que en vez de arder arrojaron un espeso humo rastrero que apestó peor que los residuos. Revelose así la calidad indestructible de la basura de Buenos Aires, como también su curiosa propiedad de aumentar en proporción geométrica. Entonces las alarmadas autoridades municipales corrieron a consultar a las Fuerzas Armadas. El ejército se negó a recoger la basura por estimar que eso era labor exclusiva de los civiles. Además, era del conocimiento público que se preparaba un golpe militar para los próximos meses: no era pues el momento indicado para adelantarse a sacar las tropas a la calle y menos en una tarea tan fatigosa como denigrante. Invitado a bombardear el reducto de basureros facciosos, el Comandante de las Fuerzas Aéreas hizo saber que la espesa humareda que cubría la ciudad imposibilitaba cualquier acción por el aire. En cuanto a los señores oficiales de la Marina de Guerra se encontraban de vacaciones en distintos balnearios y estancias del país. 

A falta de fuerzas, las autoridades se vieron obligadas a recurrir a las leyes. Un decreto prohibió arrojar la basura en la puerta de calle, bajo pena de cárcel no redimible por multa. Pocas ocasiones hubo de aplicar esa ley, pues nadie arrojaba la basura frente a su casa, prefiriéndose siempre la puerta del vecino. La promulgación de medidas más rigurosas apenas si provocó una insólita consecuencia comercial: en pocos días se agotaron en los negocios los papeles floreados y las cintas de colores y demás artículos que sirven para envolver regalos. Todo el mundo salía de sus casas con cara de fiesta, cargando paquetes coquetos y canastillos primorosos. Invariablemente el contenido era el mismo: basura (enviada anónimamente o con nombres supuestos a amigos o familiares). En verdad nadie se quedaba con su propia basura, en cambio todos chapaleaban en la basura ajena. Ocurrió pues al revés de lo calculado por el Intendente: no fue la huelga sino la ciudad entera la que comenzó a podrirse. Resolviose entonces enviar a un funcionario a parlamentar con los basureros en huelga. A su vuelta aportó noticias nada tranquilizadoras. Los basureros ya no se consideraban tales. La zona ocupada por los huelguistas relucía de pura limpieza. En vez de ser como antes un basural en medio de la ciudad era una zona aséptica en medio del inmenso basural. Eran tantos los peones de limpieza congregados en ese sector, que la consciente aplicación de su profesión apenas les demandaba una hora al día. El resto del tiempo lo ocupaban en reflexionar. 

–¿Quiere decir que ya se encuentran camino del arrepentimiento? –se ilusionó el intendente. 
–No lo parecen –respondió apenado el delegado. 
–¿Informó a los huelguistas sobre el estado de la ciudad? 
–Se mostraron poco sorprendidos. Dicen que ya habían observado en su trabajo que cada día la basura producía más basura, demasiada basura, y solamente basura. Ahora se niegan a recogerla. Dicen que ya es demasiado tarde. 
–Nous sommees foutues –exclamó el Secretario de Cultura, y luego de adjudicarse el Gran Premio de Poesía desapareció del Palacio, sumando a tantos males el desamparo espiritual de la comuna. 

Después de tanta acumulación las montañas de residuos comenzaron a desmoronarse. Avanzaron por las calles como un aluvión, convirtiendo en basura todo aquello que atrapaban en su marcha, así fuese monumento, semáforo, transeúnte, inspector o cualquier otro objeto municipal. Los pobladores de Buenos Aires prefirieron no salir de sus casas, y si bien esto mereció largas y laudatorias editoriales sobre la recuperación de las sanas tradiciones hogareñas, la verdad es que desde entonces la basura comenzó a crecer tanto en los interiores como en las calles. Ambas corrientes se unían en puertas y ventanas con un siniestro sonido de deglución. Este beso de la basura anticipaba nuevos y crecientes ciclos de reproducción. Se prohibió la impresión de diarios y revistas, por entenderse que el papel impreso constituye siempre la parte más abultada de la basura, sin contar que como ya hemos visto servía de envoltorio y disimulo para el contrabando de residuos. Esta restricción a la libertad de prensa produjo una conmoción internacional y los telegramas de protestas del S.I.P. significaron toneladas de papeles que casi cubrieron el Palacio Municipal. 

Fue cuando apareció ese viejo apenas cubierto con una sábana andrajosa. El vagabundo o profeta se empinó en lo alto de esa humeante montaña de basura y señaló hacia el oeste. Nunca se supo lo que dijo (en caso de haber dicho algo), pero entonces se formó una larga fila de retirantes que abandonaban la ciudad. Los encumbrados funcionarios que en señal de protesta se quemaron vivos (a la usanza de los bonzos vietnamitas) no lograron otra cosa que enriquecer con sus cadáveres la variedad de residuos y hedores, pero sin lograr detener con tales gestos el éxodo de los contribuyentes municipales. 

Cuando en las afueras de la ciudad la caravana desfilaba frente a las torres radiotelefónicas, escucharon la última información oficial: “En plena etapa de recuperación económica, la población de la capital se ha lanzado alegremente en viaje de merecidas vacaciones...” –La voz del locutor se quebró y finalmente se produjo un penoso silencio en el instante que la basura cubrió totalmente las torres de transmisión. Mareas viscosas confluían para volver a unirse en la vuelta redonda de la serpiente que se devora a sí misma. Sin comienzo ni fin brotaba la materia fundamental de la galaxia y el colibrí: trémula fuerza fosforescente sin pesantez engulló a la caravana de fugitivos y fue borrando el recuerdo de la ciudad. Y una llanura pura y desolada –tal como la soñaron los basureros en huelga– quedó a la espera de una nueva fundación de Buenos Aires.

martes, 17 de abril de 2018

Literatura y contexto histórico

Infierno grande, de Guillermo Martínez

Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del mucha­cho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.  Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa pol­vorienta, la barba crecida y, sobre todo, con aquella mele­na larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le ha­cía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.
  Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pien­so ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie ha­bría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor es­taba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.
   La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensa­mos lo mismo: que se quedaba por ella.
   No hacía un año que Cervino y su mujer se habían esta­blecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cer­vino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el ve­rano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pron­to arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diplo­ma de peluquero y premio en un concurso de corte a la na­vaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cer­vino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.
  Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera desilusiona­do enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había naci­do en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como és­te. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse largamente frente al espe­jo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo to­davía más inquietante que ese cuerpo al que siempre pare­cía estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, des­deñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nu­cas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.
  Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperan­do su clientela: consiguió de alguna forma revistas porno­gráficas, que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus aho­rros y compró un televisor color, que fue el primero del pue­blo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas. Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa de la Fran­cesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.
  Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acam­paba en las afueras, detrás de los médanos, cerca de la ca­sona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes en­tero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pa­sión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.
  Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del pue­blo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres esta­ban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que te­nían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mu­cho menos a la sorna de una mujer.
  Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostra­dor yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hom­bres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espino­sa: que desde su ventana siempre escuchaba risas y gemi­dos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... En fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.
  Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Fran­cesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la pelu­quería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres pare­cían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era de­masiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era tan buen mozo... y comentaban entre sí con risitas de complici­dad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.
  Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asun­to estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocu­rrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuel­to a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño- que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vi­gilar también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por norma no discutir con los clientes.
  Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrum­pió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.
   Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un gran silen­cio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefen­so, que no había sabido crecer. Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.
  Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, co­mo si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.
  Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuel­to a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los in­dios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Fran­cesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la na­vaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.
  Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pue­blo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico si­llón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empe­zó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.
  Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino re­petía la historia del suegro enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.
  En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojar­los al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.
  Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso, el presen­timiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferan­do que ella no descansaría hasta encontrar los cadáveres.
  Y un día los encontró. Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda en­tró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la manda­ba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos, detrás del puente. Después, dejando caer len­tamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus pro­pios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me es­tremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchan­do, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.
  La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, car­gando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fi­deos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despier­ta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.
  Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnu­do y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló va­gamente entorno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me preció más inofensivo. Durante un largo ra­to sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquíti­co que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Enton­ces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí; las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un po­co más y apareció el primer cadáver.
  Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron en­seguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Fran­cesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con dete­nimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.
  Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.
  El horror me hacía deambular de un lado a otro; no po­día pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con venda en los ojos. Mi­ré al comisario y el comisario también sabía. Nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.
  Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuer­do el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figu­ra de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió camina­ba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterráse­mos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos vol­vimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el mu­chacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia adelante, para que también lo enterrásemos.
  Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con na­die de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que habíamos estado allí.
La Francesa regresó pocos días después: su padre se ha­bía recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.